La primera vez que Michael Landon puso un pie en el auténtico pueblo de Walnut Grove (Minnesota) donde habían vivido los verdaderos Ingalls, un habitante se le tiró encima con todas las intenciones de trompearlo hasta el cansancio y, de ser posible, despeinarlo. Algunos precipitados los separaron antes de la tercera o cuarta trompada. Pero el resto del pueblo aplaudía. Meses antes de esa contundente bienvenida, en 1974, y armándolo de un presupuesto más que considerable después de haber sido el hombre detrás del éxito de Bonanza, la NBC le encargó a Michael Landon que produjera una película basada en los ocho libros infantiles publicados por Laura Ingalls Wilder entre 1932 y 1943. Landon cumplió y la NBC sumó fortunas a sus arcas, pero las hordas de lectores acostumbrados a los finales relativamente felices de los libros quedaron desahuciados con la película: la NBC empezó a inundarse de cartas reclamando cómo podían dejar que el gobierno expulsara a los Ingalls de su tierra sin hacer nada al respecto. Entonces Michael Landon tuvo una idea: quizás harto de la impostada fraternidad testicular que le imponía la bonanza de los Cartwright, deseoso de purgar su misoginia, e imposibilitado de que una hipotética adaptación de Mujercitas le garantizara un sostenido rol protagónico, Landon se dejó crecer el pelo como un estudiante tardío del Berkley de los 60, y montó en las colinas de Ventura (en plena California) el pueblo que funcionaría durante los siguientes diez años como set para grabar la saga apócrifa de la familia Ingalls. Porque si la película poco había tenido que ver con los libros cuasi-autobiográficos de Laura, esa muestra condensada funcionaría como profética sinopsis de lo que mantendría frente al televisor a millones de personas durante veinticinco años: Landon iba a contar la misma historia, con el mismo final, pero en doscientos cuatro capítulos semanales. Landon escribió, dirigió, produjo y protagonizó hasta el último de los detalles de La familia Ingalls, situación privilegiada que le permitió conocer, uno por uno y en toda su dimensión, los verdaderos motivos por los que, en pleno Walnut Grove, y en ese preciso momento, una redentora trompada lo acaba de sentar de culo
LA VERDAD DE ESTA HISTORIA
Leyendo el recién salido Becoming Laura Ingalls Wilder -la biografía en la que John Miller se dedica a seguir la vida de Laura desde la más tonta infancia hasta su consagración como autora de libros infantiles inspirados en las memorias familiares-, no se tarda demasiado en descubrir que nada fue como se vio por televisión. Los Charles y Caroline Ingalls originales -padres de la Laura biografiada- fueron en realidad producto de un matrimonio por conveniencia: la hija más codiciada de una madre obsesionada con su viudez a cambio de que el pretendiente le prometiera que nunca abandonaría a su hija como su marido la había abandonado a ella. El nunca la abandonó (en rigor de verdad, lo hizo recién en 1902, cuando murió a los 66 años), por la sencilla razón que era ella quien hacía el trabajo pesado. Lejos de la inútil tiempo completo que aparecía en televisión, la Caroline auténtica sembraba, araba y cargaba con más de lo que podía un Charles que detestaba el campo pero que nunca conseguía un trabajo decente en el pueblo. Ya a las pocas páginas, cualquiera puede enterarse que ese tipo lleno de resentimientos escapó de la guerra civil norteamericana pagándole a otro para que ocupara su lugar. Y que era, además, un soberano hijo de puta: primero lideró los reclamos de 1865 para que el Estado pagara doscientos dólares a las familias por cada voluntario extra que aportaran por encima del cupo que se le exigía al pueblo; después esperó que el cupo estuviera lleno, enroló a sus dos hermanos y cobró los cuatrocientos dólares. A los verdaderos Ingalls, como ya se puede suponer, no les despertaba ningún remordimiento faltar a misa si, por ejemplo, hacía mucho frío, porque Charles era aquejado por la más grandiosa de las paranoias: estaba convencido de que Dios se había propuesto perseguirlo y arruinarle la vida. Charles inició a su yerno Almanzo en los grados más bajos de la masonería, y con Caroline se jactaban, además, de haber encabezado una de las avanzadas ilegales sobre la reserva india de Osage, “donde no había signos del dominio del hombre”. Si bien el Estado garantizaba por ley 160 acres en otras tierras, la verdadera Laura escribiría en uno de sus diarios: “Pa demostraba una verdadera obsesión maniática por mudarse a tierras indígenas”. En definitiva: un retrato y una saga de familia que hubiese sido, por lo menos, mucho más divertida que las fábulas patrióticas y ectoplasmáticas que todavía hoy alcanzan medio millón de espectadores entre las familias argentinas. Porque qué es La familia Ingalls si no el bodrio fundante de la corrección política aplicada a las series televisivas familiares, la misma que en los 80 se aplicaría a la New York yuppie en Blanco y negro y que Los Simpons vendrían a subvertir con las perradas de Bart y un soberano eructo de Homero. ¿Qué son si no eso? Probablemente, algo mucho peor.
LOS PROBLEMAS DE LA FAMILIA
Si Tolstoi afirmaba que todas las familias son felices de la misma manera, pero que cada familia es infeliz a su modo, Michael Landon malversó la historia de una familia particularmente infeliz hasta transformarla en una familia feliz, pionera y norteamericana hasta el hartazgo. La pareja Charles-Caroline que formaba con Karen Grassle podría recordarse con ira como una de las entelequias más asexuadas de la televisión mundial. Sus únicas actividades en la cama consistían en comer pochoclo y leer la Biblia. Aburrimientos supinos que, aparentemente y sin embargo, no servían más que para disimular el tórrido romance que mantenían Landon y Grassle fuera de cámara. Si bien algunas versiones insisten en excusar a quien encarnara a El Gran Padre Norteamericano, alegando que buena parte de la serie se grababa en Ventura (California), y el pobre Landon se encontraba alejado de su esposa, las versiones más radicales argumentan que Karen Grassle habría conseguido el papel de Caroline por su estrecha relación con Landon, y de ahí que hablara tan poco, ya que casi su única experiencia previa había consistido en algunas participaciones en obras de teatro escolares más, claro, numerosas interpretaciones de tipo diverso y carácter privado para Landon.
Como fuere -antes o durante la serie-, el set montado en la mitad de la nada californiana presentaba un problema: dónde. En qué lugar consumar esas cantidades desaforadas de sexo que aparentemente se producían y que nunca salían al aire. Según juran algunos pocos detractores del pacto de silencio sobre el lado oscuro de la serie que todavía hoy involucra a casi todos sus miembros, existía una construcción algo alejada del pueblo que aparece en pantalla infinidad de veces pero que nunca se utiliza. Disimulada como una casa más del pueblo, en el interior de esa fachada de madera el cubículo escondía el ascético confort de un baño y una cama en la que quemar las energías acumuladas a base de pochoclo; aunque hasta ahora nada se sabe de un hipotético espejo en el techo ni se conservan filmaciones de la época.
EL TIEMPO Y EL ESTADO DE LOS CAMINOS
En el primer capítulo de La familia Ingalls Melissa Gilbert (encargada de disfrazarse de Laura) corría colina abajo imitando el vuelo de un avión que todavía no había sido inventado, y simulando la plácida vida en 1885. Ese año, la verdadera Laura Ingalls pasó uno de los inviernos más largos y polares de su vida, en un lugar distinto al invierno anterior y al siguiente. En un ejercicio que hubiese perturbado a Landon y que atentaría contra el sedentarismo obstinado y medio pelotudo de los Ingalls (nadie se queda tanto tiempo en un lugar si le va tan mal), con un mapa del oeste norteamericano se podría trazar el verdadero calvario que recorrieron los verdaderos Ingalls durante su vida: más de ocho pueblos que incluyen Missouri, Kansas, Minnesota, Iowa, Wisconsin y Massachusetts, en casi diez años, durmiendo a veces a la intemperie y pasando buena parte del año rodeados de nieve. Landon prefirió dejar a sus Ingalls en Walnut Grove (donde los verdaderos vivieron apenas un par de meses). En el Walnut Grove californiano de Landon la mayoría de los capítulos transcurrían durante una sucesión de veranos y primaveras que sólo se interrumpían dos o tres veces al mes si el tempo dramático del guión exigía un poco de nieve, una cuota extra de dramatismo cuando alguno de los chicos se perdía, la dosis anual de tragedia y posterior buena acción navideña o, directamente, alguien que pasara mucho frío. En Minnesota del Sur, donde está el Walnut Grove original, además de padecer las inclemencias de fríos feroces, no hay ni una montaña: para trepar alguna de esas colinas por las que Laura corre cada de vez que huye ofendida de casa, tendría que correr más de 700 kilómetros y atravesar tres estados.
LA MALDICION LLAMADA FAMILIA INGALLS
LA MALDICION DE LOS INGALLS
Considerando las sequías, plagas y deudas que arrastró el verdadero Charles Ingalls y la serie de desgracias que hacen su participación estelar en cada uno de los capítulos, los dos Charles bien podrían considerarse como los granjeros con peor suerte de la Historia. Eso sería justo. Con indudable ventaja para el Ingalls original. Pero Landon siempre quería más. Si los Ingalls habían sufrido, ellos tenían que sufrir más y sobrellevarlo mejor. Por eso Landon no perdió perspectiva y forjó, capítulo por capítulo, una leyenda mucho más desgraciada que la del verdadero Charles: a lo largo de diez años de serie, todos los hijos varones bendecidos con el apellido Ingalls terminaron muertos: el primer bebé de Charles y Caroline muere a los pocos días de nacer, como el de Laura y Almanzo; el hijo de Adam y Mary muere en un incendio; y Albert, el hijo adoptivo, muere por sobredosis de morfina. Que Michael Landon fuera el único Ingalls varón sobreviviente no hacía más que señalarlo como el portador de la maldición. Las teorías más evolutivas que se ocupan del asunto (existen verdaderos tratados sobre el asunto en Internet) señalan que el origen de la extinción de esta especie se encuentra en una mutación de lo que se dio a conocer como “La maldición de Bonanza”, y que Landon habría arrastrado al mudarse de La Ponderosa a Walnut Grove: en Bonanza, cualquier mujer que amaba a un Cartwright moría indefectiblemente, y lo hacía de la peor manera si, además, escondía intenciones de llegar al matrimonio con alguno de los hijos de Ben. En Los Ingalls, el mal se toma revancha con los hombres.
La vertiente psicologista (ampliamente repudiada por los eruditos consultados vía Internet) concluye que la sola posibilidad de que cualquier otro hombre pudiera hacerle sombra al gran patriarca del oeste parece haber desatado en Landon una crueldad inusitada. Ejemplo: en la vida real, Mary -que sí queda ciega a causa de la escarlatina- nunca se casó ni tuvo un hijo como inventó la poco dotada pluma de Landon. Pero el rigor histórico, además de haber impedido la llegada del primer Ingalls que no fuera Charles, hubiese privado a los espectadores de ver -aunque fuera una sola vez, ya que aparentemente nunca se volvió a emitir- el capítulo más cruel de toda la serie. A saber: una tarde, durante un festejo en la escuela para ciegos de la que Mary es maestra, se inicia un incendio. Ante los gritos de pánico de sus alumnos, ella abandona todo, instinto materno incluido, y deja a su bebé en la cuna de uno de los cuartos de la escuela, para partir rauda a socorrer al resto de los chicos. La mayoría se salva, pero adentro quedan encerradas Mary, su bebé, y una amiga. Aterradas ante la posibilidad de morir asfixiadas, deciden romper una ventana. En medio de una casa en llamas, Landon se aprovecha de la desesperación de Mary y su amiga para eliminar a su primer contrincante: siguiendo minuciosamente el guión, ninguna de las dos parece tener mejor idea que romper el vidrio con la cabeza del bebé.